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domingo, 25 de enero de 2015

Tormentos.

Eran cuatro paredes como cuatro tormentos. Allí, observaba la nada que se hacía ante su mirada perdida. Fuera llovía pero no tanto como lo que se contenía dentro. Confundía su pena con el frío en escalofríos. Deseaba perderse dónde esta no pudiera verla. Dónde nada ni nadie pudieran hacerla toparse con alguno de esos recuerdos que le marchitaban el alma. Necesitaba encontrar salida de emergencia a su cabeza. A todo lo que le congelaba la respiración. Se despidió de sí misma, de todo lo que ahí dentro se le había pasado por la tristeza de su pecho. Abrió la puerta y huyó.
Aceleraba el movimiento de sus rodillas, como si pudiera dejar atrás a la persona que había sido y que quizás temía no dejar de ser. Sin parar, sin detenerse.
No dejaba de llover ni de mezclar su nostalgia con la de la vida para luego ambas dejarse caer. 
Y cuando creyó haberse quedado a solas consigo, se detuvo. Elevó la cabeza y se dejo tan sólo ser parte de aquel instante, de aquella agua que caía por sus mejillas. De lo único que a esas alturas la hacía sentir viva.

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