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viernes, 27 de junio de 2014

París es allí dónde tú estés.

Allí estaba, como era costumbre desde hacía unas cuantas semanas. Sentada en un banco de madera con vistas al mar.
Tenía la cabeza baja y la mente evadida de todo lo que la rodeaba. Era culpa de aquella buena compañía que tenía entre sus manos.
Notó que las páginas blancas se volvían naranjas. Separó su vista de las lineas que había estado persiguiendo durante horas para terminar de ver el día caer.

Siempre le había parecido extravagante que la moda permita combinar todo tipo de colores en una sola prenda, pero no pensaba lo mismo de lo que se reflejaba en sus pupilas.
Porque es maravilloso detenerse a observar ese instante en el que el cielo se conjunta con cientos de colores distintos y que aún así, le sienten tan bien.

Las luces se habían encendido sin que apenas se diera cuenta de ello. Dobló la esquina de la hoja, cerró el libro y cogió los restos del café con la intención de irse.
Cuando pensaba despedirse de aquella bahía en la que la luna ya empezaba a asomar, alguien se sentó a su lado.
Era ese chico con el que había estado compartiendo alguna que otra mirada en otras tardes, no muy lejos de dónde en ese momento se encontraban. El mismo joven que parecía guardar bajo su iris algo, que sin saber qué, la cautivaba.

Era de su agrado cualquier desconocido que se atreviera a hablarle como si no lo fuera, así que no tardaron demasiados minutos en sentir la comodidad que se siente cuando ya has compartido otras veladas con alguien.

Les acogía una noche tranquila, normal, como todas. Sin nada especial. Sólo farolas encendidas, bancos, mar y el silencio de aquellos bulevares cercanos con el que solo era posible encontrarse un domingo a esas horas.

Se sonrieron y se hechizaron de todo aquello que les rodeaba. Porque a veces, para hacernos magia no hace falta ser magos.

Pasada una hora o dos desde que comenzaron a rodarles las palabras, se detuvieron en un silencio de esos que poco incomodan si estas con la persona adecuada.
Y ahí estaban sus ojos, observándose de cerca, mirándose fijamente. Jugando al despiste, manteniéndose clavados fijamente pero desviándose a ratos hasta los labios vecinos. Hablándose sobre lo que deseaban sin decirse nada que pudiera estropearlo.

Todo aquello era casi más loco y precipitado de lo que suena así, leído. Pero no les importó desistir y besarse las dudas porque sabían que las cosas más bonitas surgen cuando menos las esperas.

Cuando aquel varón se despegó de sus rosados, la volvió a mirar fijamente a los marrones, mantuvo el silencio durante unos segundos, y se atrevió a decir: "París es allí dónde tú estés"

Y ella, al escucharlo no pudo evitar volver a sonreírle como la tonta que seguramente era, porque ya había comprendido tiempo atrás que quizá París más que un lugar, fuera un sentimiento. Y que a lo mejor por eso, pasara lo que pasara después de esa noche, siempre les quedaría.

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