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viernes, 20 de junio de 2014

Piensa, luego cae.


Cargaba sobre sus espaldas unos cuantos daños cuando sintió que la juventud que le acababa de comenzar no evitaba que se sintiera vieja. 
Recordaba las palabras descuidadas pero sinceras que alguna vez le había soltado algún amigo. No dejaba de pensarlas, darle vueltas, y marearse. 

Ya se había dado cuenta de que a veces parece que te apagan el brillo y te rompen las ilusiones, y es como si esos años jóvenes perdieran su esencia de ser. Como si les quitaran la banda sonora a la vida, la arrugaran hasta hacerla una bola y la tiraran a esa papelera que ya se había encargado ella de llenar de desesperaciones y cosas que siempre se quedaron a medio hacer. Entre el si y el no, y el "no tiene lo que hay que tener". Y es lo que no le deseamos a nadie lo mismo que la rodea. No sólo el desorden de su cuarto sino también, el de sus ideas. 

Cuánto mal a hecho el querer y que sobrevalorado está a día de hoy. Porque lo ofrecen como si siempre viniera a ser buena música, pero nadie habla de cuando se va y te das cuenta de que lo que te han vendido es pura música comercial. Porque al igual que ella, todos vamos a dónde el amor y nos apostamos por él cualquier cosa que tengamos encima en ese momento sin conocer bien las probabilidades reales que tenemos de quedarnos sin ello. Y luego pasa lo que pasa, eso que le pasó.
Es como cuando lloras sin saber por qué, pero aún así no puedes parar. Es como cuando te ahogas pero sin agua ni nadie que te pueda salvar. Es un dolor únicamente conocido y sobrellevado por quien lo padece. Era eso, lo que la afligía cada día desde hacía ya 196. 
Sintiendo la presión que se tiene cuando se cree llegar tarde a algún sitio, cuando creemos que todo lo hacemos rápido y mal, y eso mismo nos lleva a dejarnos olvidado el sueño atrás.

No era capaz de quitarse ese sin vivir de encima, aunque jura y perjura a voces interiores que lo ha intentado de todas las formas habidas y por haber. Siendo consciente de que no hay nada peor que fracasar para uno mismo, y apagandose aún más por ello. A pesar de estarlo más que las luces de su cuarto, nunca nadie se lo notaba. Era como si sonriera más y le riera el doble las gracias a la vida, pero al quedarse a solas con la soledad dejara de tensar la cuerda, se le escapara de las manos y el desequilibrio interior se encargara de hacerla caer hacía un vacío lleno de miedos. Uno dónde teme no volver a sentir nada de lo que en alguna historia pasada creyó sentir. Uno dónde huir de los demonios propios fuera cosa imposible. Vacío dónde no existe música.

"La ausencia de sonido es la depresión querida, es la depresión".




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