| Imagen tomada el 5 de enero de 2016 |
Al poco tiempo se fue el Juguete del Viento, o quizá me fui yo primero y al regresar resultó que ya no estaba. Solo sé que un día desapareció y ya van más de diez años, en los que empecé a extrañarlo anhelando volver a disfrutar la sensación que me daba verlo allí, moviéndose con la alegría de su colorido, en una atmósfera azul que parecía eterna. Como quien retorna sin saber si es por la magia del sitio o por la sensación de volver a otro espacio-tiempo, de visitar nuestros recuerdos engañándonos un poquito al mirar con los mismos ojos, como si aún no estuvieran gastados por lo vivido.
Es lindo apreciar cómo un objeto puede marcarnos. Aquella escultura de César Manrique se convirtió, más allá de un sitio por el que pasé alguna vez, en un puente capaz de traer al presente un regalo silencioso, un viaje a mi versión adolescente.
Ahí me doy cuenta una vez más del valor del arte para transformar las ciudades en entornos vivos y memorables, capaces de marcar la vida de las personas que conviven con él.
Algo similar me sucedió con las obras de Néstor de la Torre...
A veces sospecho que cuando vuelvan todas esas cosas a su lugar, también lo haré yo.