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viernes, 26 de noviembre de 2021

Pasajeras de distintos lugares y nombres.


Not all those who wander are lost.
Picture by Santosh Pathak


Un niño confuso y perdido
está buscando una mano a la que sujetarse
dicen que la suya se ha ido
o que él la soltó al despistarse
Las caras que encuentra son extrañas, fugaces
pasajeras de distintos lugares y nombres 
son la misma escurridiza madre
Sembró dudas y le hizo tambalear verdades

Pero los niños son niños, 
puros, inocentes, despreocupados
y buscan un lugar dónde ocultarse

Ha olvidado dónde se escondió
la razón, el motivo
cómo de ahí se sale
La oscuridad no deja ver
que a su lado hay alguien
Patelea, se enfada más, chilla
sin ver que daña a su sombra
que raja la mirada de otro
por estar distante

Tengo ojos aunque no puedas verlo
tengo alma
aunque solo veas infierno
y me temas como al Cancerbero
Yo no soy él
ni esta oscuridad de puertas tapiadas
y olor a viejo

¿De qué huyes, niño?
¿Es el miedo?
¿Es el miedo?
¿A qué?
¿A mí?
¿A la vida?
¿A la muerte de una parte de ti?

Pero cuentan que el niño no podía oír
Ni hablar
tan solo para decir:
¿Mi madre? ¿Dónde está?
¿Mamá?, ¿Mamá?

Y así pasan los siglos, dejando la vida pasar
Y cuando el niño se atreve a salir de la cueva
ya no es un niño jamás

No la vuelve a reclamar

O es un viejo 
que sigue gritando
¿Mamá?¿Mamá?





sábado, 10 de septiembre de 2016

Lo —normal.— REUNIÓN CON JEAN-PAUL SARTRE.

During a trip


Lo que me gusta de las palabras, es la eternidad que desprenden.
El vídeo, la grabación de voz y las fotografías nos enmarcan en un instante finito, no nos permiten ir más allá de él. Como un recuerdo. Siempre el mismo recuerdo. Nada más que un recuerdo.

Pero las palabras no son momentos, -aunque nazcan de la fusión del ser y su situación- las palabras simplemente son. Y por ser, se hacen infinitas. Por supuesto, al parirlas uno se hace eterno junto a ellas. Uno puede morir, que sus palabras escritas siempre evocaran vida.

Medité esto mientras terminaba de preparar las maletas que me llevaría al bosque. Mas tarde, en el tren, me di cuenta.

Observaba los campos primaverales y los cipreses pasar ante mis ojos. Ingenua. Y de pronto entró en mi una revelación, comprendí entonces el tremendo acto de hipocresía que había estado cometiendo.

A mis más cercanos les había dicho -incluso, a mí misma me había dicho- que me aislaría durante un tiempo en alguna cabaña dónde cerca habrían árboles, pájaros cantando y aire puro.

-De verdad irás sola.
Me decían asustados, a lo que yo asentía con fervor.
-Sí, claro, por supuesto, necesito un tiempo ermitaño.

No me daba cuenta, no me había dado cuenta antes. No me iba sola, no era tan valiente.
Pese a que nadie me acompañara físicamente, me llevaba una caja llena de libros, y miles de conversaciones esperando retumbarme los pensamientos.


Todos habían preguntado por qué me iba. No hubo nadie que lo entendiera del todo. Ni si quiera yo misma. Pero me alegra que pese a ello lo respetasen.

Me hubiera gustado admitirles que aquel era un completo acto cobarde.
¿De qué huyes? hubiese preguntado alguno si alguien -entre los que me incluyo- hubiera querido provocar tal situación.

Me hubiese gustado, porque es precisamente a ellos a quienes no les confieso nunca de esa ansiedad que me causa la vida en la ciudad. Las redes sociales, las máscaras, rolles, estereotipos y todo este circo carente de sentido.

No hubiera ganado nada por hacerlo. Ellos, de haberse parado a meditar con seriedad sobre esto, podrían haber salido perdiendo. O lo que es peor, indiferentes.
Prefería y prefiero no arriesgar a que lo piensen con seriedad y que entonces tampoco haya marcha atrás para ellos. No soy nadie para arrebatarles su felicidad.

Esa era mi verdad. Estaba cansada del mundo que me había sido dado.

Hay personas que piensan en otros planetas distintos a este, en si habrá vida en ellos o si se podrían habitar. Yo pienso que en este mundo hay muchos mundos, que no hace falta irse a otro para descubrir otras realidades y que esos nuestros mundos están unidos, aunque lo obviemos, por la causalidad.

La desgracia es que nadie quiere ser consciente de esto mientras compra compulsivamente o presume de tomar café en una terraza. Maldigo a las redes sociales por ayudar a promover que esos actos vanidosos son "el bien", "lo que hay que hacer", "lo normal."






viernes, 26 de febrero de 2016

Lâche

Fotografía por Wolf Suschitzky 
De tanto reprimir el sentimiento,
ya nada de mí recuerda como era aquello de sentirlo.
Dejarse llevar por él, vivirlo.
Me he pasado tantas oportunidades escabullendo,
que no sé de que forma quedarme, aunque quiera.
Acostumbrada al tacto de manos frívolas y pasajeras.
Dejé en el olvido la opción de atreverse a sentir calor en un abrazo,
hogar en una mirada.
Demasiados desahucios inesperados desalojaron
este vacío y canijo hueco
dónde ya no cabe nadie más que yo.
Aconsejaron la mesura, y resultó no ser más que basura.
Ahora la escarcha de mi alma es tanta que congela. ¡Joder! ¡No la toques!
Huye tú también, mientras puedas.


El Juguete del Viento - Un post melancólico

Al ver la imagen volé a otro lugar. Uno que había olvidado transitar y al que dicen que uno no puede regresar. Pero no es cierto. Uno puede,...