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jueves, 10 de octubre de 2019

Road to nowhere. -Cartas a Matilda.-

http://www.ericdrigny.com/

Eres tan tú ante mí que lo siento como un insulto. El problema será mío, por juzgar en ti lo que también hago cuando nadie mira. ¿O es acaso una muestra de respeto no mostrarlo ante el otro? O una muestra de hipocresía. En cualquier caso, tu naturalidad, tu espontaneidad infantil sin normas, tu despreocupación de la imagen que los otros se forjen de ti, me aterroriza terriblemente. Tanto es así que huyo. Sí, me voy. Esta es la carta de despedida que leerás cuando despiertes y no haya nadie. He dejado café preparado, quizá lo estés tomando ahora. ¡Qué paradoja! Yo que pensaba que no era el atuendo ni las manos lo que miraba en alguien, quién fuere. No soporto el hedor, y me duele escribir esto. A ti, que mente tan racional y cultivada muestras. Puede que esté siendo injusto y superficial. Entiendo tu sorpresa y créeme que comparto tu decepción y tristeza. También a mí me duele ser así. Aspirando a imposibles, persiguiendo lo que no llega, despreciando lo que sí. No soy capaz de valorar lo bueno que hay en ti, aunque esto sea inmenso. Creo, con honestidad, que da igual como seas. En el hígado y en la epidermis, a mí no me valdría. No me valgo ni yo. Aspiro a la muerte, y lo demás me parece accesorio. El amor me fascina cuando no me toca. Como Pessoa, sueño que amo y es este amor el que siento como verdadero. Te acercaste demasiado y se desvaneció. Lo siento. ¿Qué siento, Matilda? El dolor de un alma que ama la vida pero no puede corresponderla. Aunque sea duro y asqueroso por escribirte esto, es para mí un hecho que seguiré amándote en la distancia. Incluso, es probable que así te ame más. Cuánto menos te palpe y menos te sienta. Podré soñar que te veo como se imagina uno paseando por París o visitando Barcelona. Ya sabes a lo que me refiero; la magia se rompe cuando aterrizas; el bullicio, la muchedumbre, la prisa, el ruido... el ruido. Me generas ruido, Matilda. Sé que no lo haces a mal, que es tu manera de amar. Puede que sea humano y sano amar así. El corazón se me enreda en la garganta cuando un otro entra con la intención de quedarse. Necesito aire. No. no estoy del todo seguro de lo que necesito. Pero me asfixian tus brazos.
Ya sé que vas a odiarme. Al menos estos meses hasta que asimiles que soy un capullo bohemio que ni te merece. No voy a dejar de escribirte. Me odiarás más. No lo hago por hacerte rabiar. De verdad. No hace falta que leas mi correspondencia. Puedes apilar las cartas en alguno de los estantes del estudio y reírte de mí cuando estés preparada. Es extraño, pero cuando te escribo me libero de la sensación de sentir el peso de mi cuerpo. Quizá ni si quiera te deje esta carta. Quizá me vaya sin avisar. Pero seguiré escribiéndote aunque no sepas de mí. Soy honesto cuando te escribo y las palabras vuelan,

Cuídate, niñita. 

domingo, 25 de diciembre de 2016

Cuento del equívoco.

Vía: https://es.pinterest.com/pin/554435404109316705/

Un hombre se despierta en su cama tras una pesadilla en su subconsciente.

Pavorizado, aún siente como reales las fantasmatrocidades que le acechaban en el sueño.

Cinco minutos después de haber experimentado la catarsis producida por su realidad onírica, sigue cautivado por ella. Toma el café de la mañana y unta las tostadas, mientras, trata de recomponerla como volviendo a adentrarse en sus escenas, por entender así por qué, o por qué no.

En el telediario se anuncia una noticia de la cuál no atiende a escuchar más que "siglo XXI." Muerde una de esas jugosas bañadas en mantequilla, y observa atentamente a la laja tonta· -que viene a ser lo mismo que la caja tonta, pero menos gorda e igual --o más-- de idiota.-

En esto que se acaba una noticia sobre avance tecnológico y aparecen otras de muertes, hambruna y guerra, a las que le siguen los deportes. Ve pasar una sombra sinuosa.

Escupe las tostadas y sin quererlo -y sin importarle- derrama lo que queda del café. Empieza a correr por toda la casa; sube, refunfuña, baja, chilla, entra, sale, llora.

El temor y la congoja lo anulan por horas. Permanece tumbado en el sofá en posición fetal. Olvida ir al trabajo. Olvida comer. Ruega despertar.

La sombra parece observarle pero al alzar la vista, no está.

Decide, en un arrebato de repentina valentía, atravesar el salón e ir a la cocina.
Nada parece atacarle en la travesía.

Más sereno, toma el teléfono y marca el 112.

La señorita que le atiende al otro lado de la línea no entiende nada, él tampoco.

-Le digo que se han equivocado, que ha habido un error y que estamos pagando a conciencia.

La señorita, patidifusa, aguarda en silencio una explicación canalizadora del sinsentido que venía contándole el señor. Pero empieza a perder los nervios como las madres de los críos que al romper algo lloran, patalean... y en fin, tratan de convencerla tanto que terminan creyéndose sus propias historias fantásticas.

-No cuelgue, no cuelgue. ¡Escuche! 


Verá, este no es, para nada el siglo que dicen que es... Estamos viviendo en otra época, seguimos atrás, muy atrás. ¿No se ha dado cuenta...? En el telediario, en las gentes y sus actitudes; la comida que se desperdicia, las toneladas de residuos que se acumulan por capricho, el hambre que mata, la indiferencia, y lo caro que es comprar productos biodegradables -qué a saber si lo son realmente- ¿No se ha percatado en todo eso a lo que aún no se le ha puesto remedio?



Dígame, si no es usted, ¿con quien podría hablar para que este asunto se corrigiese? 



No cuelgue, NO CUELGUE. PIÉNSELO. No es justo que nos hagan vivir en la comodidad de un tiempo ajeno al nuestro, cuando está todo tan por hacer. 



La señorita se despierta en su cama tras una pesadilla en su subconsciente.

El Juguete del Viento - Un post melancólico

Al ver la imagen volé a otro lugar. Uno que había olvidado transitar y al que dicen que uno no puede regresar. Pero no es cierto. Uno puede,...