Supe que desprenderme de aquel lugar no sería tan fácil como irme. En efecto, me fui, pero la sensación que me provocó la partida perdura en mí, de la misma manera que la picadura de abeja en alguien que no se ha percatado de que ha sido picado y que lleva el aguijón tranquilamente por ahí.
El día está triste y frío. Llueve y me regocijo en su tristeza. No dan ganas de salir de estas cuatro paredes que son mi vida. No solo me alegra las gotas que caen y limpian la ciudad, también aquellas que desinfectan la pena y hace que huela a Tierra mojada y cosas que están por nacer.
Las palabras han vuelto a mí, han vuelto como las quiero. Y yo, bajo esta lluvia sanadora, no he podido hacer otra cosa, más que invitarlas a pasar.
Hay días en los que no ver a nadie se me antoja como algo exótico.
Sí, aquí estoy después de llevar mucho sin dedicarle tiempo a este espacio. Y, así, de esta manera tan cercana y de la que suelo rehuir -de tú a tú- quiero/me apetece/necesito contaros lo que he estado teniendo en mente. Así que... preparaos un buen {inserte aquí cualquier bebida calentita}, poneos cómodos y dejad que os comente.
En primer lugar, ¡muchas gracias a los que no habéis dejado de curiosear el blog pese a mi ausencia! (Lo cuál me ha impulsado a continuar con este espacio.)
Los que me seguís con frecuencia habréis notado que mis últimos textos han estado próximos a la tristeza. Lo innegable es que he estado pasando por etapas complicadas -pero necesarias- por un amplio periodo. Y lo que he compartido con vosotros, a mi parecer, es poco e intrascendente.
¡Llevo tanto planteándome como retomar este proyecto con ilusión! Así como cuando lo empecé. Y eso fue hace tanto... qué, la idea de cambiar de espacio /crear otro blog/ ha estado muy presente a lo largo de este año. Pero lo cierto es que el blog no era el que tenía que cambiar -y esto lo aprecio ahora- la que tenía que cambiar ¡era yo!
Ya veis, sigo inmiscuida -como todos- en El Vaivén de la vida. Aunque, me siento diferente, con unos planteamientos que -en realidad- siempre han estado en mí, pero que quizá he ido aprendiendo este año -o años- a ver, expresar, sentir y analizar de otras maneras. ¡Vamos, a darle un poco de profundidad y sustancia al asunto!
¡Ah! Pero... ¡no creáis que no haber publicado en estos lares es sinónimo de no haber escrito! Esa pulsión no me cesa. Sigo con ello, de distintas maneras, con distintos proyectos. Algunos tan personales que, por esa razón -entre otras-, no me he atrevido a compartirlos con vosotros. Al menos, de momento. La mayoría son fruto de la necesidad de encontrarme con esa parte de mi que rehuye. ¿A quién no le habita un lado de sí que se le escapa de la lucidez? Y creo que usar esa palabra -lucidez- aún se me queda grande.
¿Habéis curioseado la etimología de esta? Pizarnik habla de ella en un texto que a su vez es narrado en una película preciosa tituladaLugares comunes (2002)
¡Pero bueno! No quiero irme mucho por las ramas.
Resumiendo;
empiezo a vislumbrarme, a retomar aquello -es decir, esto, este lugar- que descuidé a lo largo de mi periodo de reflexión -que aún prosigue con intensidad- y a plantearme otras cuestiones que me encantaría compartir con vosotros.
Pese a no tener muy clara aún la manera, os pudo adelantar que;
se avecinan cambios en la estética del blog,
también en los contenidos y la manera de redactarlos. Al tratar un tema, citaré otras fuentes vinculadas a este o de interés; artistas, poetas, pensadores/filósofos...
Así como también os ofreceré más críticas y reflexiones de obras -textos, películas, etc.- Tipo: La Danza de la Realidad, 2016.
¡Ah! Tampoco descarto subir algunas poesías o pensamientos en audios y/o vídeos.
En principio, mi meta es compartir un post mínimo por semana. Pero aún no puedo adelantaros el día.
Sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario.
2.
Sentimiento de desconfianza que impulsa a creer que ocurrirá un hecho contrario a lo que se desea.
"Nunca decía nada,por miedo a meter la pata"
Drawing by Sophie Rambert.
No sé cuando empezó, si es que empezó alguna vez /o siempre estuvo ahí/.
Comprendo que existe y está pasando, porque -lo siento- dentro
como una muralla.
A un lado de esta estoy yo, exhausta por tratar de derribarla con la poca energía y escasa masa de mi cuerpo.
Al otro lado desconozco lo que habrá. /Pero/ sé que lo que me tapa las vistas, es el miedo.
Más grande, más fuerte.
Aquí las lágrimas no existen, porque no se habla de ellas /no se quiere hablar de ellas/, pero cada gota que no libero se clava en una parte del alma que a veces olvido que tengo. La desangra.
No quiero seguir a un lado, asustada. No quiero callar ni un río más.
No voy a seguir a un lado, asustada. No voy a callar ni un río más.
-Si alguien reconoce al autor, que me lo haga saber.-
Esa sensación de tener encarceladas miles de palabras, momentos y emociones. De querer liberarlas a todas a la vez, y que por ello se agolpen y empujen, y al final no quepan en la boca, ni en las manos, y que lo único que salga sea no hacer ni decir nada.
Será culpa del no saber por dónde empezar. Del no querer saberlo. De la prisa por llegar a ninguna parte que uno mismo se impone, y que no deja tiempo para organizarse las ideas. Del miedo a hablar -diciendo-. O de la manía de taparse los sentidos para no verse, ni oírse, ni saberse juzgado.
Ya sabemos que escribir es pensar, tomar asiento y comenzar un dialogo interior con quien se es realmente. Invitar a que pasen y nos hablen las heridas que conservamos casi por placer. Y esas otras que, pese a desearlo, se nos resisten a cicatrizar. Pero pasa que a veces no queremos escucharlas, ni escucharnos, ni conocernos. Nada que implique vernos de manera tan nítida.
Huimos, en cierta medida de lo que somos. Lo hacemos al tener la necesidad constante de distraernos en lo que sea, y al tomar la facilidad de poder hacerlo al instante, ya sea ocupando la mente al encender la televisión, el ordenador, el móvil, el "amor"...
Sí, lo que hay ahí adentro podría parecernos horrible a la luz. Podría incluso serlo realmente. Pero, ¿no es acaso más horrendo el no darse la oportunidad de descubrirse?
A quien voy a mentirle, a mí lo que me gusta -de verdad, con todas mis ganas, a rabiar- es escribir. Soltar, modelar, jugar, expresar los sentimientos, las situaciones, la vida.
Hacerlo, sin embargo, es como saltar desde el edén de la comodidad hacía el abismo que es uno mismo.
Ya lo he dicho, ya lo volveré a decir -pero la próxima vez en alto-: es cuando escribo que siento, para bien, para mal, quien soy. No cuando hablo con otros y todo terminan siendo palabras por decir y sensaciones que no se dijeron, no cuando bailo, ni cuando me encierro en mi mundo por horas para crear obra plástica. Esto, este ratito de poder desahogar todo lo que callo, así, sin miedos, sin interrupciones ni personas ni situaciones que lo deriven de un extremo al opuesto, esto es para mi la verdadera libertad. Esto y no otra cosa. Esta es mi verdadera razón de ser, y quizá por eso mismo es también una de las cosas que más me cueste hacer. Porque, ¿para qué engañarnos? decirse a sí mismo, al prójimo, y a todo aquel que quiera poner la oreja y escuchar, lo que uno es y siente auténticamente, nunca fue fácil.
¿No lo entiendes?
Si toda persona siente alguna vez la necesidad de escribir después de una ruptura, no es casualidad.
No, no te equivoques. No duele porque aún le quiera, sino porque aún no he querido a nadie más.
En realidad, no lo amaba a él. Amaba el tener a alguien que quisiera escuchar las bobadas que me pasaban cada día como si fueran lo más interesante que podía haber ocurrido en el universo.
Una persona que me miraba a los ojos como si en ese instante tan sólo importara lo que yo dijera.
Capaces de preguntarnos curiosidades absurdas que nos pasaran por la cabeza sin ese miedo común a ser juzgados por ellas.
Era distinto. Estar juntos se igualaba a ser quienes realmente eramos cuando tan sólo estábamos a solas con nuestra propia alma. Era real.
Él paraba su mundo por mí y yo estaba dispuesta a parar el mío por el suyo, si no me lo paraban antes sus besos.
Y eran esas sensaciones estúpidas la que me llenaban de ilusión y las que me hacían quererlo tanto como le quise. La sensación de que en un planeta como este que nunca se detiene, había alguien dispuesto a bajarse por mí.
No sé porque necesitamos tantísimo eso. Quizá sea por el daño que ha causado el elevar la voz para decir algo y notar como mueren las palabras en la indiferencia de a quien se las mandas.
Indiferencia, por eso es lo contrario al amor. Por eso pocas cosas llenan tanto como esa, porque la mayoría de las veces todo se siente como frases muertas. Y el amor, al menos durante un rato, te hace creer que no. Que verdaderamente hay alguien que está escuchando nuestras ideas cuando alzamos la voz; para darles sentido, para darnos vida.
Al fin y al cabo, lo único que buscamos es ser escuchados.