A veces sencillamente pasa. Se te mete una tristeza afilada en los ojos y pincha las balsas de todo lo que en ellos retenías. Algunos te llamarán débil en voz baja, otros te abrazarán fuerte sin entender que te pasa.
Los tontos te preguntarán sobre lo que te ha hecho perder el equilibrio, como si no supieran que cuestionartelo hace que te tambalees aún más.
Los inteligentes son esos que tan solo abrazan. Pero sin abrasarte a preguntas. Sí, es probable que se limiten ante la duda del no saber que decir, o el miedo a como pueda sonar cualquier cosa que salga de sus bocas, pero de cualquier forma, aciertan. Pasa que en esos segundos o minutos tan sólo deberían existir abrazos. Porque no hay nada como que te hagan sentir que hay un hombro dónde poder sostenerte cuando ni tu mismo puedes. O algo así.
Y vale, llorar puede que sea de gente frágil pero, ¿y que hay de cuando estás haciéndote un río delante de todos, casi sin poder evitarlo, y te da por reírte de ti mismo?
Así, con las penas al aire y las heridas abiertas al público, como diciendo "yo también soy humano, lloro y me rio de mí por hacerlo", ¿es que no saben que es así como uno entiende para sí que es más fuerte de lo que pensaba?
Al final hasta parecerá que agradeces los golpes y los palos de la vida, por hacerte ser como eres.
Hay canciones que son felicidad. O los felices somos nosotros y ellas solo nos ayudan a darnos cuenta. Quizá.
El caso es que recordó cuando leyó La princesa de hielo porque se sintió como cuando Patrick fue feliz al escuchar una melodía de esas sonar repentinamente en su coche. Y le agradeció a Camila Läckberg el haberle hecho conocerla.
Sabía que era algo efímero. Lo sabía. Pero a pesar de todo, también había aprendido que era cierto aquello que le decían de "si buscas en ti misma, siempre que lo quieras, estará para ti". Y quiso que siempre estuviera ahí. Así que buscó la forma de lograr ese reto que parece que cada día menos gente se toma el interés de alcanzar, el de ser feliz (sin más). Porque es una cuestión de ganas y de saber como tomarte cada cosa amarga de la vida sin que sepa tan mal.
A ella ya no le compensaban todas esas noches que fueron, practicamente, de querer arrancarse los latidos y quedarse como los seres fríos que parece que abundan ahí afuera, dónde nada es seguro. Ya no.
Y no parecía tener una razón exacta para ser feliz ahora, o sí, dependiendo de a quien le preguntes.
Sin embargo, allí estaba, cantando "Respect" como si le fuera la vida en ello. Cambiando así el tipo de ansiedad que sientes cuando crees no sentir nada, por la que sientes, cuando crees sentirlo todo.
Querer a tiempo y al destiempo que nos hace perder la noción de las agujas del reloj al hacerlo.
Al hacer vació del dónde y todo lo que hay en él. Al hacernos solo dos y sus escalofríos.
Al hacer de nuestros pensamientos miradas que se hablan y que se dicen eso de lo que sus labios son presos.
Eso mismo que en mudos gestos se traduce en besos. De esos con los que se pierde la oportunidad de llegar a tiempo a cualquier parte, a cambio de ganar la de hacernos sentir eternos, en cualquier otra.
Porque deshacer también es bonito cuando se trata de miedos y dudas y risas que los anulan.
Y que por hacer, dos se hagan uno, al menos, por unos segundos.
Deshacer también es bonito. Como cuando lo ve y se deshace de todas esas ideas que sobra pensar cuando le tiene delante.
Dicen que tienes que preocuparte cuando el antojo no sea de algo, sino de alguien, y ella ya estaba empezando a preocuparse.
¿Cómo es posible que desde antes de rozarla ya la esté haciendo temblar?
Le echaremos la culpa al café de sus ojos y la mirada que los acompaña, porque desde que le vio supo que él tenía ese tipo de mirada que sabes que nunca te cansarías de mirar según la ves.
No hablemos de cuando se le acerca haciéndolo tanto que se le mezcla el sonido de la respiración de quien tiene ante sí con el sonido de sus propios palpitos. Porque es ahí que la besa mientras la sujeta como quien lo hace no queriendo soltarla nunca más, cuando entiende que no es sólo el beso, sino también el como la agarra cuando se lo da lo que le acelera el miocardio cuando cree que ya no se le puede descontrolar más.
Y sin querer le surge besarle como no queriendo volver a probar nunca más otros labios. Y queriendo se da cuenta que él es de ese tipo de antojos que nunca desaparecen, aunque tengas la miel en el paladar.
Y va a ser verdad, que detrás de una gran conquistadora, hay un gran creador de vicios.
Esa sensación de pararte a ver el mundo, observar lo que tienes delante justo cuando lo puedes ver con claridad, sin imaginaciones que valgan, y sentirte parte de él. Qué verdaderamente estás ahí, qué nada más importa. Qué por un segundo o unas horas, lo único que hay, es lo que estás palpando. Y qué todo tú le dediquen de sí. Pondrán caras raras. Se preguntarán de qué se trata, que a qué vienen esos dos a veces y a besos, pero por mucho que quisieran, no podrían entenderlo. Y que le vas a hacer tú, si sabes que no vas a dejar de hacerlo, que cuando le tienes cerca, es como si fuerais fuego y hielo, y te derrites.
Si te cruzas con ella, lo mejor será que evites el tema del amor, porque te empezará a hablar sobre que cada momento, cada situación o cada persona tienen un sabor distinto. Y que en todas ellas hay que buscar siempre la melodía de la vida. Esa que a muchos les suena a bullicio de calle, pero a unos pocos sabios, a caminar por no se sabe dónde, con un cielo despejado y una alegría peculiar que se deja llevar por el ritmo de cualquier acordeón callejero.
Y recalcará que no tienes que sentirte mal si en la búsqueda te pierdes y tienes que dar media vuelta y regresar, porque pocas personas son las que tienen ese edén en sus miradas y por pocas valdría la pena arriesgarse a pederlo. Pero sin duda, conocer una que sepa como bailarte las sonrisas y hacerte olvidar las sombras de ese paraíso a luces que es la vida, merece el riesgo.
Qué la vida es saber disfrutar los pequeños detalles, solo, o acompañado de alguien que entienda que ahí reside la verdadera felicidad, porque no hay nada como que se junten dos personas que entiendan del mismo tipo de alegría. Cuando le conoció (ohhhh cuando le conoció), aquello fue una explosión de fuegos artificiales en sus ojos. Le miraba y veía en él ese no se qué, qué ella sabía que podría hacerle volver a sentir la magia de Montmartre al atardecer, con 'la vie en rose' de fondo. Porque cuando él sonreía, todo era tan parís al anochecer entre luces.
Es cierto, le conoció cuando su situación y sus besos sabían distinto. Fue el hecho de conocerle, el que la hizo querer deshacerse de ese sabor, para darle paso así al que aquellos labios varoniles la incitaban a probar. Porque ella hacia mucho las cosas sin pensarlas antes un par de veces, pero nunca degustaría dos sabores distintos a la vez. Incluso, estaba dispuesta a dejar de pasearse por el Moulin Rouge y aparcar toda esa locura roja sin si quiera pedírselo él, sólo por ganarse el sentir sus brazos rodeándola en el puente parisino de passarelle des Arts, tras coronar su amor bajo un candado que permaneciera allí por toda una eternidad, de la misma forma que ella quería quererle. Sí, él tenía ese edén en el brillo de sus ojos. El mejor, sin duda.
Se despertó entre grises y nubosos sueños (una vez más). Estaba harta de eso, de soñarle, de verlo en todas partes. Y se dio cuenta de que ya no quedaban razones que la obligaran a seguir lamentándose, ni nada por lo que seguir sintiéndo ese frío cada noche, ya no.
Encendió la radio, se tomó el café de las 9:00 a.m. y lo disfrutó viendo las vistas que la acompañaban cada mañana, mientras tan solo se dedicaba a sentir la música.
Después de la tormenta llega la calma, y todo comienzo tiene un final, y todo final, un fin, y ahora sabía, que el momento de encontrarlo había llegado y que el final de todos sus desvelos y pesadillas ya se había iniciado. Sin dudas, sin miradas al pasado, solo centrándose en ese presente, ahora despejado.
Apuraba el primer sorbo de café en un intento de que la ayudase a superar el frío de aquellas calles en invierno.
Mientras caminaba, iba hablando para sí misma, diciéndose esas cosas que ni ella ni nadie se atrevería jamás a decir en alto. Alzó su vista despegando el vaso de sus labios y se dijo: "escaparate" suena a "escapate".
A pesar de que estuviera temblando, deseando llegar al calor que hubiese en cualquier otro lado, se atrevió a detenerse ante el que le había hecho pensarlo.
No pudo retener a su mente que apreciándolo voló lejos de dónde ella realmente se encontraba.
"Recuerdo bien sus palabras" (volvió a decirse para sí)e inevitablemente pasó a rememorarlas.
"Él hacia algo mal, le discutías, y dos horas después eras tú quien estaba llorándole y suplicándole en su puerta que te abriera y que no te dejara fuera. Y cuando entrabas, te encontrabas todas las cosas revueltas. Ya no sabías ni donde estabas, ni quien era él, ni que había pasado, ni mucho menos como habías llegado hasta allí. Sólo sabías, que ni al lado de esa persona, ni en ese sitio, eran dónde querías estar. Pero te convencía de que nada había pasado hasta que pasaba algo más y vuelta a empezar. No cariño, ese tipo de personas no es el que necesitas, ese tipo de personas no te merece. Qué se crea alguien verdaderamente tonto sus mentiras, tu no tienes porque fingir que lo haces. Menos aún cuando no dejas de pasar noches en vela, ahogada en un mar de ideas, lleno de tiburones que no hacen más que comerte la cabeza. No, vida, eso no es para ti. Lo sabes".
Cuando quiso darse cuenta ya no quedaban más sorbos para lo que había sido aquel café del que ya solo quedaba el vaso de cartón entre sus manos.
Y tras haber echado la vista atrás por unos segundos, continuo hacia adelante, y lo hizo con una sonrisa que dejaba claro, que lo que había hecho por irse, no había sido hecho en vano.
Sus ojos se chocaron con los suyos cuando comenzó a sonar esa melodía para ambos conocida.
Ella pensó "ojalá me saque a bailar". Y él lo hizo.
Y se dejaron llevar por el son de la canción. Un paso tras otro.
Él agarrando con sus manos la frágil cadera que tenía ante sí.
Ella apoyando sus brazos al rededor del cuello de este.
Una vuelta, y vuelta a agarrar su cadera.
Para cuando la volvió a sujetar, sus miradas ya se habían vuelto a encontrar, y lo hicieron a dos centímetros de sus labios. Casi sin poder evitar que sus sonrisas les delataran lo que andaban meditando. Un paso tras otro.
Al segundo siguiente ya estaban devorándose como si no hubiese mañana, buscándose los labios mientras sentían que el mundo se había parado para ambos, como si solo existiesen ella, él y el instante en el que se encontraban.
Dejando destapar en él, sus más deseados deseos.
Y cayó ese tipo de dulces abrazos, llenos de tiernos besos y de pensamientos cargados de "ojalá nunca acabase este momento".