No te disculpes por haber hecho lo que quisiste. Haz siempre lo que sientas. Eres un ser libre. Sólo entiende que cada cosa que hacemos atiende a la causalidad. Y que me alejaré de tu lado si tus sentimientos no persiguen la misma dirección que los míos. Aunque entonces digas que me quieres. Aunque yo te quiera, también. Las cosas son siempre más complejas. Pero nos queda el gran consuelo de saber, al hacerlo bien que tan sólo permanece lo real. Eso es lo único que busco tener cerca. Lo único que ansío ser. Discúlpame entonces tú, por no saber conformarme con un haz de lo que podría ser. Discúlpame por imaginar, antes de saber. Situaciones paralelas producto del miedo. El consuelo de ser consciente. El esfuerzo y la frialdad de serlo. Olvida lo leído, mírame; Ojalá fluyamos el mismo camino.
Quisiera hacerlo de otra manera. Poder mirarte con la normalidad con la que tú lo haces.
Preguntarte: ¿qué tal?
No bajar el tono de la voz cuando respondo al preguntarlo tú.
Ni buscar la salida de cada habitación en la que entras.
Ojalá pudiera quedarme, como me quede ayer entre tus brazos.
Parecíamos complicidad. Pero eramos mentira.
No te conozco. No me conoces.
No te pido que me entiendas. Ni si quiera quiero que lo hagas. Solo quiero que sepas que nunca has sido tú, ni la situación.
Lo que en realidad fue, fui yo. Mi miedo a volver a mirarnos después de esa noche, y saber que ya no sería igual. Que al observar mis pupilas también recordarías la persona que fui y que fuiste. Quien los tabús no nos dejan ser.
He sido tuya. Has sido mío. No somos nada.
Quizá tú sí estés preparado para encontrarte con esa misma mirada y no sentirte vestidamente desnudo. Quizá tú sí puedas vivir con ello. No soy como ellas, no esperes que yo haga lo mismo. No pretendas que actúe como si no hubiera pasado nada.
No lo habrás notado, pero durante todo este tiempo, te he estado buscando. En las calles de otras ciudades. Arropada en el gélido abrazo de otro olor. En el invierno en el que te fuiste y en los que vinieron después. En las palabras que no dijiste y en las historias que abandonamos. Esas que aún no se han cansado de acorrarlarme. A veces, en bares dónde suenan conversaciones y canciones que me ahogan en un botellín con sabor a ti. Otras, en noches de sudoroso insomnio.
He llegado a besar el placer en pieles distintas a la tuya, y en todas ellas, he creído verte a ti. Pero en ninguna estabas tú. Nunca estás. Nunca estuviste. Nunca recuerdo acordarme de lo mal que nos quisimos. Nunca querré hacerlo.
Te escribo para mí. Para decirte que todo este tiempo te he estado buscando, pero ya no. Te escribo para creérmelo, para profetizar que sucederá, que dejaré de hacerlo. Qué he dejado de hacerlo. Qué ya no estás en todas las miradas que acaricio. Ya no hay peros que valgan, ya no te es----, ya no.
La vida es como ese chiste que unos pocos entienden y ríen.
A veces hay que romper el molde
y reinventarlo /para reinventarnos/
Darle la vuelta al mapa.
Decir sí al no.
Ir contra corriente.
Hacer lo que nunca
como si siempre.
Dejarse llevar por uno mismo.
Matar al gato de curiosidad.
Saborear instantes, sensaciones, vicios.
Dejar de correr tras la vida,
elegir caminar a su lado.
He dejado de buscar.
Parece que aquello que ansiaba encontrar, ya estaba,
pero dentro.
Ahora, en su lugar, trato de sacarlo fuera.
Cuál pájaro enjaulado que ha olvidado
que su naturaleza está en volar.
Cerrando las alas,
aferrándose a los barrotes,
pero ya no más.
Aquello era esto, y no otra cosa.
Es hora de liberarlo,
de liberarme.
Siempre etiquetando,
dividiendo y clasificando.
Dulce o salado.
Carne o pescado.
Día o noche.
Buscamos orden y respuesta
en un mundo, galaxia y universo
que muchas veces
ni lo lleva, ni la tiene.
A esa voz que nos dice "no lo hagas"
que nos hace evitar ser quien ansiamos;
no hacer, no decir, no vivir la vida que queremos.
A ese susurro inconsciente, hay que matarlo.
Si habla mal, subirle la voz.
Chillarle hasta hacerla callar.
Tenemos que aprender a confrontarla.
Apuntarnos al deporte
que alguna vez nos propusimos hacer y aún no.
Coger el libro sobre el que alguna vez dijo:
"déjalo, ya lo leerás más tarde"
Y leerlo, ahora.
Hay que decirle que aquí, en uno mismo; "mando yo y no tú."
Romper el muro que nos impone,
ir más allá de sus fronteras.
Hay que reírse de lo que diga,
mandarla al demonio,
derogarla de la misma manera
que ella nos ha estado anulando.
Ir a duelo con los miedos,
enfrentarnos a ellos
cara a cara, donde más duelan
boom
matarlos.
Evitar así sentir,
que al final de todo esto
fueron ellos los que vivieron por nosotros.
La primera impresión al leerlo puede ser preguntarse el porqué un acto así es considerado noticia. Además, es algo ocurrido en otro país, cosa que inevitablemente nos hace restarle importancia. Quizá esto último viene dado por eso de vivir "emburbujados" en el nuestro (se viva en el país que se viva).
La noticia se lee en un suspiro. Sí, es escasa en palabras, por lo que sigue sin ser extraño que nos suscite a preguntarnos: "¿por qué?."
Sin embargo, al poco rato de que la noticia haya sido analizada por nuestro cerebro, resulta sencillo comprender que no necesita de más palabras, pues a un acto así le sobran.
No hablaremos de la noble ingenuidad del crío para obrar como obró. Si habláramos de ingenuidad, el mundo continuaría sin entender que lo realmente sorprendente de esta historia no es el acto en sí.
Es cierto que lo que hizo es maravilloso, pero es más maravilloso aún cuando nos damos cuenta de que todo el egoísmo que hay en el mundo, viene impuesto.
No es extraño que el ser humano viva sumido en la codicia, lo verdaderamente alucinante es que a día de hoy lo haga aún más descaradamente.
Cada vez parecemos estar más absorbidos por los mandamientos del capitalismo. Es por ello que la rareza de la noticia no debería venir suscitada por el hecho de preguntarnos porqué está publicada, sino por el de pensar en como es posible que crecer y hacerse "adulto" suponga casi sin querer un acto de deshumanización. Un hito al olvido de todo lo que se sabe cuando se es niño.
Que un periódico deje entrever noticias así es sin lugar a dudas algo que aclamar, pero ojalá que en un futuro no haga falta publicarlas para que la sociedad se mentalice de algo que ya debería saber.
Aún quedaban dos horas, el puerto estaba a 15 minutos y yo como siempre ya andaba con prisas.
No sé en qué, pero me lo notó.
Se rió de mí desde el primer momento que me vio, y yo con él. Quizá por eso nos hicimos amigos tan rápido.
Colocó la maleta en el maletero mucho antes de que se lo pidiera y tan pronto como pude sentarme en el asiento de acompañante le dije el destino. No dejaba de reírse.
Debo admitir que los primeros segundos me confundía tanta carisma de una persona que parecía estar alegre sin un motivo aparente.
Era un día festivo, él trabajaba, y sin embargo, tan feliz.
A 12 minutos de llegar, me comentó que muchas veces cuando nos sentimos apurados, hacemos que sin querer los demás también se sientan así.
Me reí, le di la razón y traté de calmarme y disfrutar del trayecto, más por él que por mí.
Mi curiosidad por saber por qué trabaja un día como ese le llevó más tarde a preguntarme sobre lo que estudiaba.
A 10 minutos, se sorprendió, casi palideció al escuchar mi respuesta.
No entendía por qué entre tantas cosas avariciosas, yo había elegido lo que había elegido.
En otra época no tan lejana seguramente yo tampoco hubiera sabido muy bien el por qué, pero en ese momento lo tenía tan claro que no pude callar toda la pasión que sentía al hablar de aquello.
A 7 minutos, me confesó que el brillo y la seguridad que veía en mis ojos ya lo había visto antes, en los suyos.
Le encantaban los coches y conducir. Ir de un lado para otro.
Su mujer no lo entendía. Nadie lo entendía.
Intentaba explicarlo, pero parecía que pocas personas le comprendían porque pocas eran las que se habían permitido sentirlo alguna vez.
La gente prefiere pensar que luchar por los sueños es algo ridículo que termina en fracaso, olvidando que el éxito se encuentra más en disfrutar del camino, que en terminarlo.
También me confesó que muchas veces lo que ganaba en un día completo de trabajo no era suficiente. Otras parecía que de repente venía la suerte. Que nada era predecible en ese negocio, excepto su felicidad al llegar a casa.
Me dijo que no me alarmara, que hasta él conseguía ahorrar y ver mundo al menos una vez al año.
Cuando quise darme cuenta ya habíamos llegado y ya estaba mi maleta en tierra.
Nos despedimos como si haber coincidido en la vida hubiera sido algo que tenía que ser para que luego pudieran ser otras cosas. Y muy felices por ello.
Y allí estaba yo, con mi maleta, tan joven y tan llena de ganas de vivir. Olvidando la realidad que nos reprime y dejando volar las ganas. Sabiendo mejor que nunca que encontrar algo que nos apasione y aferrarnos a ello, es el verdadero truco de la vida.
Es como si con el tiempo se le diera más importancia a cosas que en realidad no la tienen. Gilipolleces, vamos.
Porque pareciera que cuanto más mayores, más miedo y más apego a esa maldita manía de ver lo malo por encima de lo bueno.
Con el perro eso no pasa, no hay rencores, y será por eso que se le considera el mejor amigo del hombre.
¿No lo notas? Estamos pasando por una crisis, sí, pero de personas. Personas inseguras de sí mismas que se muestran y se relacionan inseguras con los demás.
Parece que pocos son los que se acuerdan de cuando eramos pequeños. Discutíamos y en lugar de darle mayor importancia, continuábamos jugando, porque entendíamos mucho mejor que teníamos algo superior a la posibilidad de tener la razón, teníamos un amigo.
Aflicción: Pesar, congoja, tristeza moral o dolor, bien físico, psíquico o anímico que una persona pudiera tener. Las causas de la aflicción pueden ser de lo más diversas, una pérdida, obstáculos, frustración, desesperanza, etc. Por lo común la persona que está en estado de aflicción opta por apartarse, y puede lucir un poco retraída.
Proviene del latín “afflictĭo” “afflictiōnis” y, a su vez, del verbo “afligir”, del latín “affligĕre” en donde “af” es una permituación del prefijo “ad”, que significa “cerca”, “próximo”, “juntar”, y en donde “fligĕre” significa sacudir.
Así, la palabra afligir significa tanto como “sacudir de cerca”, “golpe [muy] próximo”.
¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué corro? ¿Por qué yo si y ellas no? ¿Por qué nunca quien debería y si quien no? ¿Por qué lo permito? ¿Por qué lo que ahora es y no otra cosa que pudo haber sido? ¿Por qué hacer esto? ¿Por qué no?
-pero... ¿qué haces en medio? ¡Cúbrete! Chillaba alguien de mi equipo con cierto desconcierto. Los balínes me bombardeaban por todas partes desde todas las direcciones.
No fui capaz de moverme, mis pensamientos me inmovilizaron.
El muslo me palpitaba y al segundo el abdomen también. Poco después el dedo pulgar de la mano derecha indicaba que me estaría acordando por un par de meses de aquel instante. La máscara estaba encharcada en pintura. Todo lo que inhalaba me olía a que algo no iba bien. Ya no podía ver.
Pero no era capaz de moverme del centro del campo de juego.
Me di cuenta de que no sabía nada acerca de mí. Ni que sentía, ni por quien, ni a dónde quería ir después de allí. No sabía si reír o llorar, sólo era consciente de que cualquiera de las dos cosas podría suceder sin más en cualquier instante. Y que daba igual la razón que las causara. No sabía como tomarme el vació de claridad mental que sin darme cuenta hasta entonces había estado azotando a mi mente y alma.
Cayó mi arma.
Un grito desesperado salió de no sé que parte de mí y todos dejaron de disparar.
De pronto mis rodillas palpando la tierra.
De pronto silencio y el peso de todas las miradas clavadas en la mía.
Una lágrima.
Ellos no lo entendían.
Todavía quedaba una sensación capaz de hacerme sentir viva, el dolor.
-Pero... ¿entonces? Él no entendía que yo no lo necesitara como otras tantas le hubieran suplicado que se quedara. -Entonces no quiero que me busques, ni llamadas, ni whatsapps. -¿Pero a que viene todo esto? -Al principio todo es dulce pero luego coge sabor a limón, a fruta caducada. Los hombres, las mujeres, las personas no hemos nacido para manejar sentimientos, por eso los estampamos contra las personas a las que intentamos querer. Dejamos de querernos a nosotros mismos. Olvidamos nuestras metas, nuestro sentido de vivir y hasta nuestra propia alma por complacer y hacer que nuestro mundo gire entorno a una mirada que no es más que una entre millones. -No te entiendo... -En el mundo pasan demasiadas cosas, en el universo suceden misterios que nunca llegaremos a descifrar. ¿Y que hace el humano? Se enamora de alguien e ignora todo. No quiero eso para mí, quiero conocer, apreciar cada detalle, cada calle, el olor a café. Quiero enamorarme una y otra vez pero de la vida, no de ti.
¿A quien le dirige la pregunta el que no sabe de sí mismo si sólo se tiene a él? Como el que quiere terminar con esto ya, o que esto termine consigo, pero que se resigna a seguir en el extremo de no saber que será. Sin la existencia de ningún motivo que le de razón al hecho de aguantar. Porque es como si no fuera a llegar a ninguna parte, como si cualquier opción le hiciera tambalear. Funambulista al que se le tensa el hilo de la vida y se queda, sin saber porqué. Sin actuación, ni expectación, ni ensayo. Sin más.
Eran cuatro paredes como cuatro tormentos. Allí, observaba la nada que se hacía ante su mirada perdida. Fuera llovía pero no tanto como lo que se contenía dentro. Confundía su pena con el frío en escalofríos. Deseaba perderse dónde esta no pudiera verla. Dónde nada ni nadie pudieran hacerla toparse con alguno de esos recuerdos que le marchitaban el alma. Necesitaba encontrar salida de emergencia a su cabeza. A todo lo que le congelaba la respiración. Se despidió de sí misma, de todo lo que ahí dentro se le había pasado por la tristeza de su pecho. Abrió la puerta y huyó.
Aceleraba el movimiento de sus rodillas, como si pudiera dejar atrás a la persona que había sido y que quizás temía no dejar de ser. Sin parar, sin detenerse.
No dejaba de llover ni de mezclar su nostalgia con la de la vida para luego ambas dejarse caer.
Y cuando creyó haberse quedado a solas consigo, se detuvo. Elevó la cabeza y se dejo tan sólo ser parte de aquel instante, de aquella agua que caía por sus mejillas. De lo único que a esas alturas la hacía sentir viva.
—¿Así qué prefieres ser hedonista antes que apasionada?
—Quizá. Creo que soy demasiado joven para saber lo que prefiero. Sólo sé acerca de las cosas que no quiero.
Ser apasionada es una de ellas. Puede que sea demasiado tarde, que ya me haya atragantado con los riesgos que conlleva y que esa sea la razón por la que lo rechazo. Ya sabes, eso. O tal vez no. Tal vez basta que algo real aparezca en mi vida para darme de nuevo toda la ilusión que me falta para volver a serlo. Quizá no creo que eso pueda suceder, porque la idea de que toda las personas son egoístas es más realista. Puede que esté preocupada por ese tipo de gente, porque sé exactamente que prefiero estar sola que con alguien que no me hace feliz o con quien aprecio pero realmente no quiero.
Tal vez tan sólo soy una chica estúpida tratando de explicar algo sin sentido.
A lo mejor su verdadero problema empezó al darse cuenta de que lo que había tenido anteriormente no había sido amor. De que ni tan si quiera se le parecía. Dejó de creer en eso, y quizá por ello, también en las personas. Digamos que pasó a creer tan sólo en sí mismo, a veces. Otras digamos que perdía por completo las ganas de vivir. O al revés, sentía tantas ganas de hacerlo, pero de hacerlo bien, que cuando veía que en un mundo tan egoísta como este jamás lo lograría, deseaba que fuera en otro. O en ninguno. Supongo que deseaba no torturarse pensándolo, quizá por eso se marchó.