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domingo, 26 de julio de 2015

La curiosidad no mató al gato.

Por Alejandra Vega Martín (Vmartín)

Sus ojos café despertaron algo en mí.
Me miró y lo supe.
Era de aquellos a los que yo también debía pertenecer.

No era integrante de una banda rock, ni un ejecutivo importante.
No era, aparentemente nadie. Pero en el rato que charlamos, nos dimos cuenta de que las mejores personas, tampoco lo son.
Presumía de no saber nada, pero yo tampoco estaba segura de saber algo.

¿Y qué tenía él que no habitaba en ninguna de las otras almas con las que me había topado aquel día?
Simple curiosidad. La clase de curiosidad que crea inconformismo en uno mismo.

Le brillaban los ojos tanto como a un niño de 4 años le pueden brillar. Él también quería saber, el tampoco dejaba de preguntarse "¿por qué?" 
Parecía no bastarle con que le ordenaran adaptarse, ansiaba desordenar su incomprensión hasta entenderla.

Sin querer o queriendo, me contagiaba esas ganas de preguntarme cosas, de conocer y ser. Pero sobre todo, ganas de vivir por el mero sentido de tratar entender lo que es realmente la vida.

En algún que otro silencio, se quedaba absorto, admirando.
Observaba. Me observaba a mí y al camarero. A la señora situada detrás de la barra. Al hombre que leía el periódico en la mesa de enfrente. A la gente que pasaba fuera del bar.

El mundo parecía entonces penetrar en sus ojos, pues lo reflejaba y le brillaban aún más.

De vez en cuando me invitaba a entrar en su reflexión;

"Parece que las personas viven con miedo de estar a solas consigo, por temor a sí mismas y a lo que se pudieran llegar a decir." 


No hubo respuesta a aquella sentencia. Tomé un tragó que la callara. Necesitaba guardármela para mí.
La envolví en papel de regalo y me la tragué en otro trago.

Me había dado cuenta, al fin, de que no quería ser como esos cobardes.


Sobre la curiosidad: http://www.buffalo.edu/ubreporter/archive/vol34/vol34n7/articles/Curiosity.html


viernes, 1 de mayo de 2015

El truco de la vida.

Fotografía: Alejandra Vega Martín.

Aún quedaban dos horas, el puerto estaba a 15 minutos y yo como siempre ya andaba con prisas.
No sé en qué, pero me lo notó.
Se rió de mí desde el primer momento que me vio, y yo con él. Quizá por eso nos hicimos amigos tan rápido.
Colocó la maleta en el maletero mucho antes de que se lo pidiera y tan pronto como pude sentarme en el asiento de acompañante le dije el destino. No dejaba de reírse.
Debo admitir que los primeros segundos me confundía tanta carisma de una persona que parecía estar alegre sin un motivo aparente.
Era un día festivo, él trabajaba, y sin embargo, tan feliz.
A 12 minutos de llegar, me comentó que muchas veces cuando nos sentimos apurados, hacemos que sin querer los demás también se sientan así.
Me reí, le di la razón y traté de calmarme y disfrutar del trayecto, más por él que por mí.
Mi curiosidad por saber por qué trabaja un día como ese le llevó más tarde a preguntarme sobre lo que estudiaba.
A 10 minutos, se sorprendió, casi palideció al escuchar mi respuesta.
No entendía por qué entre tantas cosas avariciosas, yo había elegido lo que había elegido.
En otra época no tan lejana seguramente yo tampoco hubiera sabido muy bien el por qué, pero en ese momento lo tenía tan claro que no pude callar toda la pasión que sentía al hablar de aquello.
A 7 minutos, me confesó que el brillo y la seguridad que veía en mis ojos ya lo había visto antes, en los suyos.
Le encantaban los coches y conducir. Ir de un lado para otro.
Su mujer no lo entendía. Nadie lo entendía. 
Intentaba explicarlo, pero parecía que pocas personas le comprendían porque pocas eran las que se habían permitido sentirlo alguna vez.
La gente prefiere pensar que luchar por los sueños es algo ridículo que termina en fracaso, olvidando que el éxito se encuentra más en disfrutar del camino, que en terminarlo.
También me confesó que muchas veces lo que ganaba en un día completo de trabajo no era suficiente. Otras parecía que de repente venía la suerte. Que nada era predecible en ese negocio, excepto su felicidad al llegar a casa.
Me dijo que no me alarmara, que hasta él conseguía ahorrar y ver mundo al menos una vez al año.
Cuando quise darme cuenta ya habíamos llegado y ya estaba mi maleta en tierra.
Nos despedimos como si haber coincidido en la vida hubiera sido algo que tenía que ser para que luego pudieran ser otras cosas. Y muy felices por ello.
Y allí estaba yo, con mi maleta, tan joven y tan llena de ganas de vivir. Olvidando la realidad que nos reprime y dejando volar las ganas. Sabiendo mejor que nunca que encontrar algo que nos apasione y aferrarnos a ello, es el verdadero truco de la vida.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Sólo unos pocos entenderán.

"Sígueme" dijo. Y empezamos a caminar por las calles cercanas entre anécdotas y palabras que ya no recuerdo.
Y ahí estaba ella. Pintada de un dorado hechizante, luciendo plenilunio.
Inevitable era el mirarla.
"¡Dios! ¿has visto la luna?" dije totalmente fascinada mientras hacía hincapié señalándola.
"Y como te iba diciendo..." 
Sí, esa fue su respuesta, continuar hablando de su egocentrismo.
Julio Cortázar observaba la luna. 
Frank Sinatra observaba la luna.
John Lennon observaba la luna.
Yo observaba la luna, pero él no.
Las personas que se detienen a mirar el mundo, a disfrutar las cosas que se encuentran en él, esas siempre resultan irresistiblemente interesantes.
"Observar y soñar, observar y soñar, esa es la clave, la principal" pensé.
Y para cuando dejé de pensar, ya no importaba nada más de lo que aquel hombre pudiera decirme, pues para mí había perdido cualquier posibilidad de perdernos juntos.




lunes, 8 de diciembre de 2014

Las ciudades son frías.

Últimamente parece que se vive más para trabajar que para vivir. 
El propio hombre olvida que necesita naturaleza, paz y tiempo para coger aire fresco. Espirar estrés, inspirar vida.
¿Lo habéis notado? Somos una sociedad llena de personas que mayormente no aman lo que hacen. Que hacen lo que creen que deben hacer pero no lo que realmente les gustaría. Así normal que el mundo esté lleno de miradas vacías. Porque es un mundo dónde el trabajo es sólo una herramienta para tener algo con lo que poder llenarse la boca o para tener unas buenas vacaciones una semana al año. Y el resto de los 358 días, ¿qué?
Cada uno es libre de hacer lo que quiera con su vida. Conformarse o revelarse.
No, no me malinterpreten. Estudiar, conocer, saber, hay que hacerlo. Es más, la curiosidad lo sabe.
El trabajo es un gran invento, no digo que no. Hay que dedicarse a ello pero sin permitir que la mayor parte de nuestros días de vida estén cotizados en cosas que no nos hacen felices o que no nos dejan tiempo para serlo.
Debería preocuparnos que a estas alturas no sea extraño que alguien viva para trabajar. Y que el futuro pueda llegar a ser todo lo frío, vacío y pobre que el presente alerta.
Necesitamos verde, necesitamos espacio, necesitamos vivir por vivir, conocer por conocer, hacer por querer, trabajar más por vocación y menos por dinero.
Necesitamos cambiar nuestra forma de pensar.

El Juguete del Viento - Un post melancólico

Al ver la imagen volé a otro lugar. Uno que había olvidado transitar y al que dicen que uno no puede regresar. Pero no es cierto. Uno puede,...