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martes, 21 de junio de 2016

Poesía de bares —De la primavera y sus inviernos.—

New York Movie, 1939 by Edward Hopper


Estar un 23 de enero en las calles de Madrid
sin chaqueta.

Ser, de los dos follamigos, el que siente algo más.

La oveja negra que es rechazada, no por negra
sino por diferente.

Perder el vuelo a ninguna parte, volar, estrellarse.

El silencio punzante o la conversación chirriante
con un desconocido, en cualquier bar.

El vaso lleno, medio lleno de ron

y el alma, vacía
desde que no estás.

jueves, 14 de enero de 2016

A los que vinieron para irse y volvieron para no quedarse.

Obra de arte por Fernando Vicente.

Lo notas. 
Me clavas la mirada y la rehuyo.
Quisiera hacerlo de otra manera. Poder mirarte con la normalidad con la que tú lo haces.
Preguntarte: ¿qué tal?
No bajar el tono de la voz cuando respondo al preguntarlo tú.
Ni buscar la salida de cada habitación en la que entras.
Ojalá pudiera quedarme, como me quede ayer entre tus brazos.
Parecíamos complicidad. Pero eramos mentira. 
No te conozco. No me conoces.
No te pido que me entiendas. Ni si quiera quiero que lo hagas. Solo quiero que sepas que nunca has sido tú, ni la situación.
Lo que en realidad fue, fui yo. Mi miedo a volver a mirarnos después de esa noche, y saber que ya no sería igual. Que al observar mis pupilas también recordarías la persona que fui y que fuiste. Quien los tabús no nos dejan ser.
He sido tuya. Has sido mío. No somos nada.
Quizá tú sí estés preparado para encontrarte con esa misma mirada y no sentirte vestidamente desnudo. Quizá tú sí puedas vivir con ello. No soy como ellas,  no esperes que yo haga lo mismo. No pretendas que actúe como si no hubiera pasado nada.
No, no pretendas que actúe.

domingo, 25 de enero de 2015

Tormentos.

Eran cuatro paredes como cuatro tormentos. Allí, observaba la nada que se hacía ante su mirada perdida. Fuera llovía pero no tanto como lo que se contenía dentro. Confundía su pena con el frío en escalofríos. Deseaba perderse dónde esta no pudiera verla. Dónde nada ni nadie pudieran hacerla toparse con alguno de esos recuerdos que le marchitaban el alma. Necesitaba encontrar salida de emergencia a su cabeza. A todo lo que le congelaba la respiración. Se despidió de sí misma, de todo lo que ahí dentro se le había pasado por la tristeza de su pecho. Abrió la puerta y huyó.
Aceleraba el movimiento de sus rodillas, como si pudiera dejar atrás a la persona que había sido y que quizás temía no dejar de ser. Sin parar, sin detenerse.
No dejaba de llover ni de mezclar su nostalgia con la de la vida para luego ambas dejarse caer. 
Y cuando creyó haberse quedado a solas consigo, se detuvo. Elevó la cabeza y se dejo tan sólo ser parte de aquel instante, de aquella agua que caía por sus mejillas. De lo único que a esas alturas la hacía sentir viva.

El Juguete del Viento - Un post melancólico

Al ver la imagen volé a otro lugar. Uno que había olvidado transitar y al que dicen que uno no puede regresar. Pero no es cierto. Uno puede,...