Mira, joven, ya sé que no has preguntado, pero te lo diré. Tan solo una vez he sentido el impulso irremediable de cambiar mi destino por alguien. Y te aseguro que uno, cuando lo siente de verdad, no se cuestiona si hacerlo o no. Uno simplemente coge y lo hace. Cierto es que mientras anda haciendo la locura uno se percata de la tuerca que le falta. Pero no se le da excesiva importancia, las ganas superan los peros. Superan hasta a los miedos. Uno va, no con piernas que se alternan una y luego otra, no con brazadas ni dejándose llevar por la mar mientras se imita una cruz inexistente, ni tampoco con la mente de domingo y siesta. Uno va, sí, uno va acercándose con la energía que lleva dentro, con la cabeza a flor de piel avalanzándose con todo su ser a la posibilidad.
Cuando el otro coincide en el sentir: erupción de volcanes, lava y terremotos, torbellinos de alegría inefable provocan la sed. La intensidad se percibe en la mirada y en aquello que hasta ella llegue. El destino deja de ser un lugar al que se planeaba llegar desde un origen ya lejano, pasa a ser un presente -un regalo-, un tú.
La pantalla en negro. Una sensación; la de que la película debería continuar. Dura unos segundos en los que el espectador promedio -entre los que me incluyo- se queda absorto en la negrura del rectángulo. Uno aguarda con difusa esperanza hasta que se hace irremediable que aparezcan los créditos y se confirme la desolación.
Surge una vieja cuestión:
¿Por qué?
A la respuesta acuden, en primer lugar, algunas de las imágenes que han transitado por nuestra retina durante los 95 minutos de película.
Aquellos, los que han salido del hogar siendo niños y han vuelto como adultos. Aquellos, nosotros, los que por elección propia nos hemos distanciado de lo que hemos sido y de los que nos han conformado. Nosotros. Sí, nosotros, los que hemos elegido ser huérfanos a miles de kilómetros de distancia de casa. Sí, hemos vuelto, tarde o temprano, momentánamente, para, en el acto, continuar comprobando que la vida es cambio -aunque lo camufle el día a día.-
Y sabemos valorar de dónde venimos porque una vez lo olvidamos. Y al recordar, y al regresar, juramos no volver a fallarnos.
Todo aquel de fibra melancólica que se halla ante el resplandor de la pantalla y que se encuentre en tal situación tendrá tendencia a llorar. Comenzará, de modo inevitable y genuino, a hacerlo.
Los créditos aún no han acabado. Y hasta se desea que no lo hagan. Que no se enciendan las luces,
que nadie se vaya. Que ese momento de consciencia plena a solas en la oscuridad acompañado de desconocidos siga sucediéndose junto al transitar de los nombres y las lágrimas.
¡Ah! ¡Habrá pobre alma desconsolada identificada con lo que aquí se describe! En esto, esta se sentirá como si la película le transitara el cuerpo; y su llanto y sus memorias y, hasta ese instante tan íntimo fueran parte del film, como si una cámara lo estuviese grabando y reproduciendo en otra sala de cine. Este ser que en estado nostálgico se halle, se levantará al prenderse las luces. Saldrá veloz de la sala, apenas disimulando los ojos a rebosar, mezclándose entre el resto de espectadores que ahora dejan de serlo para volver a su papel de transeúntes. Él también lo será, y volverá, y está volviendo andando a casa sin poder quitarse de encima la sensación de sí mismo. El llanto profundo como el de un niño durante los 45 minutos de trayecto. La madrugada, el frío, el frío. Más desconocidos. Las noches solitarias repletas de cólicos en el hospital, el frío, el frío, la ausencia de.
De nuevo el día a día, el despiste, el olvido, la evasión en lo cotidiano que ciega.
Pero en lo hondo del alma, la verdad que se acalla y oculta en los quehaceres.
Y los teléfonos, y los mensajes, y las palabras que apenas se pronunciaron,
a los que hemos sido, a los que siempre volvemos
brotan.