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viernes, 1 de mayo de 2015

El truco de la vida.

Fotografía: Alejandra Vega Martín.

Aún quedaban dos horas, el puerto estaba a 15 minutos y yo como siempre ya andaba con prisas.
No sé en qué, pero me lo notó.
Se rió de mí desde el primer momento que me vio, y yo con él. Quizá por eso nos hicimos amigos tan rápido.
Colocó la maleta en el maletero mucho antes de que se lo pidiera y tan pronto como pude sentarme en el asiento de acompañante le dije el destino. No dejaba de reírse.
Debo admitir que los primeros segundos me confundía tanta carisma de una persona que parecía estar alegre sin un motivo aparente.
Era un día festivo, él trabajaba, y sin embargo, tan feliz.
A 12 minutos de llegar, me comentó que muchas veces cuando nos sentimos apurados, hacemos que sin querer los demás también se sientan así.
Me reí, le di la razón y traté de calmarme y disfrutar del trayecto, más por él que por mí.
Mi curiosidad por saber por qué trabaja un día como ese le llevó más tarde a preguntarme sobre lo que estudiaba.
A 10 minutos, se sorprendió, casi palideció al escuchar mi respuesta.
No entendía por qué entre tantas cosas avariciosas, yo había elegido lo que había elegido.
En otra época no tan lejana seguramente yo tampoco hubiera sabido muy bien el por qué, pero en ese momento lo tenía tan claro que no pude callar toda la pasión que sentía al hablar de aquello.
A 7 minutos, me confesó que el brillo y la seguridad que veía en mis ojos ya lo había visto antes, en los suyos.
Le encantaban los coches y conducir. Ir de un lado para otro.
Su mujer no lo entendía. Nadie lo entendía. 
Intentaba explicarlo, pero parecía que pocas personas le comprendían porque pocas eran las que se habían permitido sentirlo alguna vez.
La gente prefiere pensar que luchar por los sueños es algo ridículo que termina en fracaso, olvidando que el éxito se encuentra más en disfrutar del camino, que en terminarlo.
También me confesó que muchas veces lo que ganaba en un día completo de trabajo no era suficiente. Otras parecía que de repente venía la suerte. Que nada era predecible en ese negocio, excepto su felicidad al llegar a casa.
Me dijo que no me alarmara, que hasta él conseguía ahorrar y ver mundo al menos una vez al año.
Cuando quise darme cuenta ya habíamos llegado y ya estaba mi maleta en tierra.
Nos despedimos como si haber coincidido en la vida hubiera sido algo que tenía que ser para que luego pudieran ser otras cosas. Y muy felices por ello.
Y allí estaba yo, con mi maleta, tan joven y tan llena de ganas de vivir. Olvidando la realidad que nos reprime y dejando volar las ganas. Sabiendo mejor que nunca que encontrar algo que nos apasione y aferrarnos a ello, es el verdadero truco de la vida.

lunes, 27 de abril de 2015

No era yo, y necesitaba serlo.

Erin Whitman; Pencil, Drawing "Safety"


Le miré y lo supe.
Lo supe como ya lo había sabido en otras tantas miradas.
Pero no pude evitar que sujetara mi mano y me besara como si ambos encajáramos todo nuestro ser de una forma en la que nadie más.
Todo aquello era una gran mentira.
Pasara lo que pasara, dijera lo que dijera e hiciera lo que hiciera, aquella noche o cualquiera,  no sucedería. Nunca.

De pronto mi cadera en la suya.
Sus manos aferrándose a mi cuerpo.
¿Habría percibido ya que yo era algo más que eso?

Y la noche acabó como acaban todas esas: entre sábanas revueltas.
Entre caricias que me ofrecía como si él fuera quien tuviera el poder de sanarme todas las heridas que se esconden bajo la piel.
Pero la realidad era que cuánto más bajaba, más me dolían.

La persona que quería tener entre mis brazos, no era aquella.
Ni podría serlo jamás.
Beso a beso lo destapaba aún más.
Mismo guión, mismas escenas, distinto protagonista.

Aguanté hasta que ya no pude seguir fingiendo.
No era yo, y necesitaba serlo.
Le pedí que parara sin recurrir a las palabras.
Desistió.

Al amanecer salió por la puerta; me alegré.
Juré entonces que nunca volvería a dejarle entrar.
Ni a él, ni a cualquiera.






martes, 14 de abril de 2015

"Entre tener la razón y ser feliz, elijo ser feliz."

Fotografía: Henri Cartier-Bresson.
Es como si con el tiempo se le diera más importancia a cosas que en realidad no la tienen. Gilipolleces, vamos. 
Porque pareciera que cuanto más mayores, más miedo y más apego a esa maldita manía de ver lo malo por encima de lo bueno. 
Con el perro eso no pasa, no hay rencores, y será por eso que se le considera el mejor amigo del hombre.
¿No lo notas? Estamos pasando por una crisis, sí, pero de personas. Personas inseguras de sí mismas que se muestran y se relacionan inseguras con los demás.
Parece que pocos son los que se acuerdan de cuando eramos pequeños. Discutíamos y en lugar de darle mayor importancia, continuábamos jugando, porque entendíamos mucho mejor que teníamos algo superior a la posibilidad de tener la razón, teníamos un amigo.

El Juguete del Viento - Un post melancólico

Al ver la imagen volé a otro lugar. Uno que había olvidado transitar y al que dicen que uno no puede regresar. Pero no es cierto. Uno puede,...