Normalmente lo hace sobre la misma hora, minuto arriba, minuto abajo, y ya hasta asocia pasar por allí una vez en semana con verla. Siempre ubicada en la mesa de la pared. Solitaria. Junto a la vidriera de cristal, esa que le permite verla desde fuera con su café.
Inevitable se le hace al mover sus piernas por la acera el pensar si está ahí sola porque está esperando por alguien, o si por el contrario lo está por haberse cansado de esperar.
Qué si por preferir, quizás prefiera la soledad.
Y sigue en su paso cotidiano, no planeando acercarse nunca a preguntarle pero sí siendo consciente de que si por un casual un día deja de verla, la pregunta de que habrá sido de ella, le rondará la cabeza aunque así no lo quisiera.
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