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domingo, 29 de noviembre de 2015

El disparo más doloroso, no es un disparo.


La pistola, si atina,
acaba con todo mal.
La herida, el escozor,
sanan y se olvidan.
Pero las palabras cargadas de perversión
se clavan por la eternidad en una parte del pecho
de dónde es difícil sacarlas
sin que duelan aún más
de lo que dolieron
en el momento en el que las dispararon.
Porque hay formas de atentar
que se alejan de la de la bala o el puñal.
Maneras que mantienen
el cuerpo intacto, y el alma
despedazada.

De esta manera, el disparo más doloroso
nunca es un disparo.


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